jueves, 18 de febrero de 2016
Articulo doctrinal asistencia sanitaria
EL VALOR DE LA
ASISTENCIA
SANITARIA
RICARD MENEU
El valor de la asistencia sanitaria
A pesar de la difusión de lemas como «la salud no
tiene precio», nos escandalizamos a menudo del alto
coste que suponen las estrategias más comunes para su
recuperación. Existe un amplio convencimiento de que
el valor que los médicos atribuyen a las distintas
intervenciones sanitarias puede diferir enormemente del
que le asigna el conjunto de la sociedad, o del que le
imputaría si tuviera la misma información que ellos.
Quien pretenda explorar la valoración que la ciudadanía
y los profesionales de la salud hacen de las aportaciones
de la medicina corre el riesgo de incurrir en la definición
que, en «El abanico de Lady Windemere», daba Oscar
Wilde de un cínico: «Alguien que conoce el precio de
todo y el valor de nada». O peor aún, en la versión que
hizo de ésta Antonio Machado, eco seguramente de
algunas lecturas de su juventud dandy: «Todo necio
confunde valor y precio».
Los individuos destinan una importante fracción de
sus recursos al consumo de productos y servicios
sanitarios, bien en forma de compras directas o de
impuestos con los que sufragar el sistema de salud. En
su mayor parte, estos productos y servicios han sido
previamente prescritos por los médicos. Como éstos
disponen de mejor información sobre la salud, la
enfermedad y la eficacia de sus remedios, se espera que
otorguen a la asistencia indicada un valor superior a su
coste de oportunidad, es decir, a la mejor alternativa
disponible a la que se renuncia para obtener cada
prestación sanitaria.
No obstante, como apuntabaSir Geoffrey Rose,
un eminente epidemiólogo: «Si los
pacientes compartieran las decisiones clínicas, a
menudo éstas serían muy diferentes porque sus valores
y los nuestros son frecuentemente distintos. Los
médicos consideran la salud, y especialmente la
supervivencia, como primordial, mientras para los
pacientes la salud es sólo uno entre un conjunto de
valores, no siendo siempre el principal»1.
Efectivamente, las valoraciones de los médicos y las del
conjunto de la población son a menudo divergentes.
Muchos trabajos que comparan las preocupaciones de
los pacientes con las que son consideradas por los
médicos como más importantes para ellos presentan
amplias discrepancias entre ambas perspectivas
Una perspectiva histórica del valor
de la medicina
Desde mediados del siglo pasado se ha construido
y difundido una historiografía mítica de los avances de
la medicina científica. Los logros alcanzados con la
extensión de las vacunaciones, desarrolladas desde
elsiglo XIX, unidos a la enorme capacidad resolutiva de
los antibióticos, aportada por el fortuito descubrimiento
de la penicilina en 1929, se interpretan como el triunfo
de la investigación sobre las enfermedades agudas. El
valor de la medicina moderna se da por supuesto a la
vista de los progresos logrados en el alargamiento de la
vida por la evicción de un ingente volumen de
mortalidad prematura.
Con tales avales, se olvidan
desde los escasos progresos en áreas como la oncología
hasta la enorme sobreutilización de procedimientos de
eficacia dudosa y menor valor. Incluso los avances en
áreas potencialmente conflictivas, como la clonación o
algunas aplicaciones de la genómica, frecuentemente
buscan eludir su debate publicitándose bajo formas de
historicismo -el ineluctable avance del progreso- o
mediante la apelación retórica a la posibilidad de
desarrollar así futuras «vacunas», santo y seña que
actualiza nuestra creencia en los beneficios inapelables
de la actividad sanitaria.
Sin embargo, este relato mítico ha sido ampliamente refutado,
ya que desde distintas disciplinas
se alcanza una conclusión similar: la asistencia médica
no ha jugado un papel primordial en las más
espectaculares mejoras de la salud de la población.
Quizás la crítica más relevante procede de los análisis de
registros históricos llevados a cabo entre los años 50 y
70 del pasado siglo por Thomas McKeown y recogidos
en el influyente volumen «El crecimiento moderno de la
población»2. Su argumento central sostiene que, aunque
el desarrollo de la población se debió principalmente a
una reducción de la mortalidad por enfermedades
infecciosas, las nuevas terapias no pueden considerarse
entre las posibles causas de ésta, ya que las
enfermedades previamente letales habían sido
controladas en su mayoría antes de la aparición de la
quimioterapia, los antibióticos, o los programas de
inmunización3.
Aunque algunos demógrafos sostienen
que las medidas de salud pública fueron la clave para la
reducción de la mortalidad, muchos otros atribuyen un
papel primordial a la mejora de las condiciones
económicas y, consecuentemente, de la nutrición.
Por su parte, los trabajos pioneros del economista
de la salud Victor Fuchs destacaban la contribución de
los estilos de vida a la mejora de la salud de la
población. Son famosas sus comparaciones de dos
estados con similares características demográficas,
ambientales y asistenciales, pero con acusadas
diferencias en cuanto a comportamientos saludables.
Sus intuiciones fueron corroboradas veinte años más
tarde por investigaciones que calcularon que la mitad de
las muertes en EEUU son atribuibles a conductas
insanas4.
Durante años, los intentos de descalificar la
argumentación de McKeown se estrellaron contra la
rotundidad de la sucesión temporal de los
acontecimientos. Sólo la reelaboración de sus
agrupaciones diagnósticas permitió una impugnación
parcial de su interpretación. Aun así, tras un cuarto de
siglo de polémica, existe un amplio consenso sobre el
escasísimo papel desempeñado por las medidas
curativas médicas en la reducción de la mortalidad
anterior a la década de 1950: «La demolición de
McKeown de los falsos alegatos históricos en favor de
la «alta tecnología» médica sigue siendo válida en general.
El valor de la medicina en nuestros días
Una objeción a la utilidad de la perspectiva
histórica para establecer el valor de la medicina en la
actualidad se basa en el limitado desarrollo de los
servicios sanitarios hasta los años de la posguerra, por
lo que se requeriría analizar sus resultados en las
últimas décadas. Ciertamente, no parece que la
ponderación del valor aportado por la medicina en el
pasado pueda trasladarse de manera automática a su
contribución actual. Máxime cuando en el último medio
siglo se han producido enormes transformaciones en la
configuración de la asistencia sanitaria en los países
desarrollados y se han incorporado capacidades como
los cuidados intensivos, la cirugía a corazón abierto o
los trasplantes.
Como respuesta a esta objeción se ha producido
una eclosión de investigaciones que, mediante
diferentes lecturas de distintos períodos de tiempo,
ponen de relieve los beneficios que aporta la moderna
medicina. Entre los más conocidos se cuenta la
reestimación por Bunker de la contribución de la
medicina durante el siglo XX al incremento de la
esperanza de vida en 30 años6. Según sus cálculos esta
aportación se cifraría en cinco años, a los que bajo
ciertas asunciones cabría añadir hasta dos más. De esos
30 años, 7 se habrían ganado después de 1950, siendo
3 de éstos atribuibles a la asistencia médica7.
Antes de seguir analizando la sobrevaloración de la
contribución de la medicina a la salud, conviene apuntar
que poca gente se escandaliza de los esfuerzos de otros
proveedores sanitarios, especialmente las empresas
médico-farmacéuticas, por magnificar los beneficios que
reportan sus productos, cuyos «distribuidores» no son
otros que los facultativos. Es un dato a tener en cuenta,
ya que por elevada que sea la valoración que los
médicos hacen de su contribución al bienestar social, es
ampliamente superada por algunas de las entusiastas
investigaciones patrocinadas por todo tipo de
financiadores de las tecnologías sanitarias.
Así, algunas
estimaciones sobre el aumento en 6 años de la
esperanza de vida acaecido entre 1960 y 1997 calculan
que el consumo de servicios médicos representa tan sólo
el 7% del valor atribuido a cada año de vida ganado, y
el consumo de medicamentos un 0,9% adicional9. Otras
valoraciones más osadas estiman que el aumento de 6
años de la esperanza de vida en EEUU entre 1970 y
1990 supuso un valor de 57 miles de millones de
dólares, o 2,4 miles de millones por año9, promedio que
resultaría menos llamativo si se calculara para los 7
años incrementados en el período comprendido entre
1965 y 1996.
Quizás la línea de investigación más rigurosa y
fructífera sea la desarrollada, entre otros, por Cutler, que
analiza separadamente los beneficios de diferentes
actuaciones, como el tratamiento del cáncer, las técnicas
relacionadas con el nacimiento, o la atención a los
ataques cardíacos10. Profundizando en algunos de sus
resultados se comprueba que en la atención sanitaria de
estos y otros procesos conviven su aplicación valiosa
con su sobreutilización. Cuando un tratamiento, por
eficaz que sea, se administra a pacientes para los que no
está indicado, se reduce su efectividad. Este efecto,
conocido como «expansión terapéutica», supone que al
aplicar una técnica más allá del punto en que se igualan
sus costes y sus beneficios, el valor agregado de su empleo
se reduce proporcionalmente a la fracción de
sobreutilización.
De este empleo de las intervenciones sanitarias en
muy distintas proporciones dan cuenta cabal las
investigaciones lideradas por Wennberg sobre la
variabilidad de la práctica médica, que han demostrado
convincentemente las persistentes diferencias
poblacionales en consumo de prestaciones asistenciales
entre territorios comparables, sin que puedan
establecerse relaciones sólidas con diferencias en los
resultados sanitarios11-12. Estos trabajos resultan
respaldados por los referidos a la adecuación de los
servicios así prestados, que revelan cómo proporciones
sustanciales de pacientes son hospitalizados, operados o
revascularizados sin que se cumplan los criterios clínicos
que permiten juzgar tales intervenciones como
«apropiadas».
Valoraciones divergentes
La variabilidad en la utilización de servicios
médicos implica que algunos pacientes -al menos
algunos, quizá todos- no obtienen la cantidad de
asistencia adecuada -por exceso o por defecto- a su
estado de salud y sus preferencias. Dadas las
condiciones en que se indican las intervenciones
sanitarias, esto supone que los médicos discrepan
ampliamente sobre el valor de sus prestaciones en
función de sus distintas creencias sobre su
productividad marginal13.
Aun así, la constatación de
dicha variabilidad no permite saber si el conjunto de
estas valoraciones es similar o más elevado que las
realizadas por la sociedad y los pacientes. Para disponer
de alguna información sobre este aspecto crucial de la
utilización de los servicios sanitarios deberemos dirigir
nuestra atención hacia los trabajos que analizan las
valoraciones que los médicos hacen de algunas de sus técnicas y a la literatura -escasa y fragmentaria-
que de
un modo u otro ha estudiado las diferencias entre estas
estimaciones y las de los pacientes, potenciales o
actuales.
Sobre la valoración que los médicos hacen de las
innovaciones sanitarias, en tanto se ultiman sus
replicados españoles, las investigaciones de Victor Fuchs
sobre la importancia relativa atribuida por aquéllos a
una treintena de innovaciones14 resulta una guía útil.
Los profesionales consultados valoraban
significativamente más el impacto de las innovaciones
diagnósticas que las terapéuticas. La mayor valoración
correspondía, con un margen considerable, a las
técnicas de resonancia magnética y tomografía-scanner.
En conjunto, las innovaciones en las técnicas
diagnósticas y quirúrgicas obtenían valoraciones
superiores a las médicas.
Adicionalmente, se puso de
manifiesto que los avances que afectan a la
supervivencia se valoraban por encima de los que
incrementaban principalmente la calidad de vida.
Un segundo bloque de información disponible
procede de la revisión de las investigaciones que
comparan las preferencias de los médicos con las de los
pacientes. De las síntesis publicadas15 se desprende que
los pacientes, el público general y los profesionales
sanitarios tienen a menudo preferencias diferentes sobre
los tratamientos médicos, sin que éstas parezcan
consistentes. Así, en las enfermedades cardiovasculares
estudiadas, los pacientes muestran más aversión al
tratamiento farmacológico que los sanitarios, mientras
para algunas enfermedades respiratorias agudas los
primeros solicitan antibióticos por razones que los
médicos no ven adecuadas.
Con todo, las limitaciones de la información sobre
estas discrepancias no se reducen a su escaso número,
la escasa capacidad de generalizar sus resultados, o su
carácter esencialmente transversal, que impide analizar
la congruencia de estas valoraciones a lo largo del
tiempo. Un problema esencial es la frecuente confusión
entre pacientes reales y potenciales, ya que cabe esperar
diferencias entre las respuestas ante preguntas sobre
hipotéticas opciones de tratamiento y frente a decisiones
efectivas a adoptar. Este desacuerdo se aprecia cuando
se consultan las preferencias en condiciones próximas a
las de elección real
. Se presentó un cuestionario sobre
dos supuestos tipos de tratamientos para un proceso
oncológico a tres grupos con características
comparables. El primero estaba formado por médicos y
enfermeras, el segundo por ciudadanos sanos y el
tercero por pacientes que iban a ser sometidos a
quimioterapia, a los que se les aseguró que los casos
propuestos no tenían relación con las decisiones sobre
su tratamiento o sus resultados. Tanto los médicos
como las enfermeras se mostraron menos dispuestos a
aceptar tratamientos oncológicos radicales de
quimioterapia citotóxica con beneficios mínimos que los
pacientes.
De manera significativa, los pacientes
diagnosticados de tumores sólidos aceptaban
tratamientos con beneficios mínimos en mayor medida
que la población no afectada, cualquiera que fuera la
dimensión considerada: cura, prolongación de la vida o
alivio sintomático. En conjunto, los pacientes mostraron
una mayor tendencia a aceptar tratamientos con una
mínima probabilidad de beneficios que la población no
afectada, incluidos los profesionales sanitarios16.
El valor de las intervenciones sanitarias
en el momento de su empleo
Las decisiones sobre el consumo de servicios
sanitarios están presididas por una acentuada asimetría
de información entre quien las indica y quien las recibe.
Reconociendo que quienes tienen mejor información
sobre sus beneficios son los médicos, algunas
investigaciones han observado sus patrones de
utilización cuando desempeñan el papel de pacientes. El
análisis del recurso a siete intervenciones quirúrgicas
comunes por los médicos de un cantón suizo, una vez
controladas las diferencias de edad y sexo, reveló que el
consumo que de esta cirugía hacían los médicos al
enfermar era siempre menor que el de la población
general, con la excepción de un procedimiento, el
tratamiento de la apendicitis.17
Si se considera a los
médicos-pacientes como el «patrón oro», se concluye
que en los casos de mayor implicación la valoración
más adecuada que hacen de estas técnicas es inferior a
la aplicada para el común de los pacientes.
Si los médicos, por disponer de mejor información
sobre el valor de la asistencia, hacen un uso de ésta
distinto al que prescriben, quedan por escrutar los
resultados de las investigaciones que analizan las
diferencias apreciadas ante decisiones reales de
tratamiento entre los pacientes ordinarios y aquellos que
reciben amplia información sobre las alternativas
terapéuticas y sus resultados.
Nos centraremos en un
par de ejemplos referidos a patologías ligadas al sexo.
La efectividad de la prostatectomía en el tratamiento de
la hiperplasia benigna de próstata dependerá de cuáles
sean las dimensiones de calidad de vida preferidas por
los pacientes, básicamente cómo se enfrentan a las
posibles repercusiones de incontinencia o impotencia.
Tras facilitar a todos los candidatos a cirugía dos vídeos
en los que sendos médicos afectados de prostatismo
sintomático -uno que optó por ser intervenido
quirúrgicamente y otro que prefirió la estrategia de
vigilancia expectante- relataban su proceso de toma de
decisiones y la experiencia ulterior, se apreció una
importante reducción de la proporción de
prostatectomías18.
El otro ejemplo, ya clásico, se refiere a la
modificación de las tasas de histerectomía en Suiza19
tras una campaña de información a través de los medios
de comunicación, que se tradujo en una reducción del
26% en las intervenciones realizadas sobre mujeres de
todas las edades y del 33% para el grupo diana, las
comprendidas entre los 35 y los 49 años. Sin embargo,
no siempre la disponibilidad de información o la mayor
capacidad de procesarla se traduce en un menor
consumo sanitario, como ponen de manifiesto los
trabajos que han identificado un consumo superior de
fármacos de última generación entre los ciudadanos con
niveles de educación más altos20
La valoración de la asistencia sanitaria y
los valores que la guían
En las últimas décadas hemos asistido a un
importante crecimiento de la asistencia sanitaria. Al
estar ésta fundamentalmente indicada por médicos,
podemos suponer que son éstos los principales actores
de su valoración desmedida. La presunta
sobreutilización de los servicios asistenciales asume que
los médicos prescriben tratamientos cuyos costes
sociales superan los beneficios que reportarán, lo que
cabe interpretar como que se están sobrevalorando
implícitamente los segundos o infravalorando los
primeros.
El porqué de esta inadecuada peritación admite
diferentes respuestas, ninguna de ellas concluyente.
Una visión económica podría atribuirla a los incentivos
presentes en muchos sistemas sanitarios para prestar
más servicios. La sociología de la salud y la enfermedad
aporta modelos plausibles sobre los beneficios que
obtienen los profesionales de una medicalización de la
sociedad.
Por su parte, algunas explicaciones
psicologistas pretenden fundar en la empatía con el
paciente la internalización de la necesidad de prestarle
toda asistencia que le beneficie, aunque sea
mínimamente, omitiendo cualquier perspectiva social.
Otras consideraciones pueden poner el acento sobre las
limitaciones a la racionalidad que impone el papel de
agentes del paciente, la consideración de diferentes
perspectivas temporales, la desatención al
funcionamiento global del sistema o en el temor a
equivocarse por defecto, con posibles consecuencias en
términos de autoestima o litigación judicial.
Puede que una explicación alternativa verosímil
sobre los motivos por los que los médicos parecen valorar las intervenciones sanitarias más que la
población general estribe en que la mayoría de sus
decisiones se toma ante un subconjunto de ésta -los
pacientes efectivos-, cuyas preferencias son, a menudo,
distintas por superiores a las del conjunto de la
sociedad. Pero explicar no significa aceptar. Aun si los
presuntos excesos de los médicos a la hora de valorar
sus servicios pueden atribuirse a una elevada
identificación con las expectativas de sus pacientes,
queda por decidir si como sociedad consideramos que
ésta es la perspectiva correcta.
Si la adoptamos, estamos
abocados a validar la llamada «regla de rescate», aquella
que representa la oposición a no emplear todas las
alternativas que ofrezcan algún beneficio potencial, por
mínimo que sea, ante un riesgo grave para la salud de
un individuo identificable y concreto21.
No hay respuestas inequívocas, pues todas
incorporan valores. Si entre éstos priman la autonomía
y la capacidad de decisión de los pacientes, podemos
imaginar un escenario distinto del actual, en el que los
usuarios sean sistemáticamente informados de los
riesgos y beneficios de los tratamientos disponibles y
estén activamente implicados en el proceso de toma de
decisiones.
En tal caso, las variaciones apreciadas en las
tasas quirúrgicas, exploraciones diagnósticas o cualquier
otra práctica sanitaria estarían basadas en las
valoraciones de los pacientes entre las diferentes
opciones técnicamente «adecuadas», más que en las
preferencias y la asignación de valores de cada médico
individual o en las recomendaciones emanadas de
paneles de expertos para un paciente promedio22. Pero
mientras se prefiera evitar el debate social y transferir
estas decisiones a los clínicos, a los financiadores o a
cualquier otro agente, la preocupación por el valor real
de la asistencia médica estará siempre supeditada a los
valores de quienes determinen aquél.
Resumen
Los individuos destinan una importante suma de recursos al consumo de productos y servicios
sanitarios. La percepción de la importancia de la salud varía entre los médicos y pacientes
siendo para los primeros un elemento principal mientras que para los segundos es un
elemento entre un conjunto de valores. El avance de la medicina se asocia al alargamiento de
la edad de vida, olvidándose así de los escasos avances en áreas mas subdesarrolladas.
Por tanto se ha refutado el concepto de que la asistencia médica no ha jugado un papel
primordial en las más espectaculares mejoras de la salud de la población. Varios autores
alegan que la mortalidad se controlaba antes de la aparición de quimioterapia o antibióticos.
Mientras otros argumentan la importancia de la salud pública.
Un estudio atribuyó la salud de la población, al estilo de vida, mediante una investigación que
mostraban que la mitad de muertes en Estados Unidos se debían a conductas insanas. No se
puede comparar la medicina tradicional con la medicina moderna y es que la configuración de
la asistencia sanitaria en países desarrollados lo ponen de relieve.
Una de las líneas de investigación mas rigurosa es la que analiza separadamente los beneficios
de diferentes actuaciones, como el tratamiento del cáncer, las técnicas relacionadas con el
nacimiento, o la atención a ataques cardiacos
La variabilidad en la utilización de servicios médicos implica que algunos pacientes no
obtengan la cantidad de asistencia adecuada. Los médicos discrepan ampliamente sobre el
valor de sus prestaciones en función de sus distintas creencias sobre su productividad
marginal. Se ha puesto de evidencia que los avances que afectan a la supervivencia se
valoraban por encima de los que incrementaban principalmente la calidad de vida.
Las decisiones sobre el consumo de servicios sanitarios están vinculadas por la asimetría de
información entre quien las indica y las recibe. Teniendo mejor información los médicos. Pero
los pacientes, el público general y los profesionales sanitarios tienen a menudo preferencias
diferentes sobre los tratamientos médicos.
La presunta sobreutilización de los servicios asistenciales asume que los médicos prescriben
tratamientos cuyos costes sociales superan los beneficios que reportarán, lo que cabe
interpretar como que se están sobrevalorando implícitamente los segundos o infravalorando
los primeros. Lo que queda claro es que el valor real de la asistencia médica estará siempre
supeditada a los valores de quienes determinan aquel.
Comentario jurídico
Es un artículo doctrinal escrito por Ricardo Meneu mediante el cual se pretende establecer el
valor de la asistencia sanitaria. El valor de la asistencia médica difiere entre la perspectiva del
médico y del paciente.
Mientras que los médicos lo consideran un elemento principal, los pacientes lo ven como un
elemento más a tener en cuenta ya que en áreas más subdesarrolladas no se ha producido tal
avance.
Se analizan diversos estudios en los cuales por un lado se argumenta que la asistencia sanitaria
constituye un elemento principal contra la mortalidad y enfermedades graves, mientras que
otros estudios asocian más la evolución con el estilo de vida inclinándose a separar dichos
conceptos.
Lo que queda claro es que el valor de la asistencia sanitaria estará supeditado a los valores de
quienes lo determinan.
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